Mi perro me miraba sin entender y el timbre de mi casa
sonaba. Llegaban mis amigos para acompañarme al aeropuerto. A las 2:45 p.m.
salimos, ellos volverían en unas horas, y yo en unos meses.
Era el 23 de enero de 2013 a la 1:30 p.m. y el vuelo
salía a las 6:00 p.m. Estaba empacando y los nervios se trasladaban a la maleta,
donde ya no cabía nada. Shampoo, acondicionador, ropa interior y de verano.
Chaquetas, secador de cabello, cargador del computador. Era increíble pensar
que me iba de mi casa. Que me iba tanto tiempo. “Hay que pesar la maleta”, me
dijo mi mamá, “si pesa mucho no te dejan llevarla”. Pero más que el peso de la
maleta, era el peso que sentía en el pecho.
En el fondo de mi corazón siempre quise esta oportunidad.
Siempre deseé volver a Argentina, y recorrerla como nunca pude cuando tenía 15
años. Siempre quise estudiar en otro país, para probarme a mí misma de lo que
era capaz. Pero entonces, ¿por qué el miedo? Respiré profundo y nos fuimos. 45
minutos de carretera y muchos nervios.
Llegué al puesto de LAN, entregué mi maleta y me senté
con mis amigos. Mi mamá, que siempre ha sido tan fuerte, lo fue aun más este
día. Le esperaban meses de soledad (pues solo vivimos nosotras dos) y llamadas
por Skype, y a mí me esperaban muchos domingos sin sus almuerzos y su compañía.
Tomé chocolate, miré la hora mil veces, caminé de arriba
abajo, me tomé muchas fotos, recibí llamadas y lloré. Lloré de tristeza y de
alegría. Lloré de nervios y de emoción. Llore como niña y como adulta. Y
entonces llamaron mi vuelo.
Y llegó uno de los momentos que más detesto: la
despedida. Uno por uno de mis amigos (eran cinco) me dieron un abrazo y me
desearon buena suerte. Mi mamá me abrazó y me dio la bendición. No hay amuleto,
no hay cábala igual. Y a todos les dije adiós.
Y seguí adelante, entré a sala de espera, hice una larga
fila, ingresé al avión y me abroché el cinturón. “Señores pasajeros, les habla
su Capitán. En nombre de LAN les damos la cordial bienvenida a su vuelo con
destino a Córdoba”. Y en ese momento lo supe. Fui consciente. Paré de llorar.
Este deseo tan grande, este sueño que había tenido por tanto tiempo, por fin se
estaba realizando.
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