miércoles, 20 de mayo de 2015

El Oro y la Oscuridad: La vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé

(Este ejercicio está basado en el perfil de Pambelé escrito por Alberto Salcedo Ramos y publicado en Soho. Es un ejercicio de clase y de ninguna manera busca ignorar los créditos de su autor.)

-Oye, Tabaquito, yo creo que estos japoneses me están cambiando el tipo.
Fue la una de las frases más ocurrentes de uno de los personajes más famosos del deporte colombiano, el negro más grande, patrono del nocaut, el que enseñó a los colombianos a ganar, el único, el invencibleeeeee Kid Pambeléeeeeeee.
Nacido en el 23 de diciembre de 1945 en Palenque de San Basilio, y rodeado de pobreza, hambre y miseria, Antonio Cervantes rodeaba las calles de su pueblo lustrando botas y vendiendo cigarrillos de contrabando. En casa, su madre y sus 6 hermanos esperaban el dinero para comprar alimentos. Pero una mañana de 1963, Pambelé decidió optar por el único empleo decente para los negros pobres como él: el boxeo. Tocó la puerta del empresario cartagenero Nelson Aquiles Arrieta, sin preámbulos se presentó y solicitó una oportunidad como boxeador.

En sus inicios, Antonio Cervantes no prometía demasiado. Si bien su larga figura, y su oscura piel daban la impresión de ser el tiquete al éxito de Arrieta, su torpeza en el ring y su falta de experiencia lo llevaban rumbo al fracaso. En sus inicios, nadie daba un peso por “La Amenaza Negra”, apodo con el que Kid Pambelé se inició en el boxeo. Quién lo veía pelear se aburría. Nadie recordaba su rostro o sus peleas. Arrieta, quién vio en Cervantes el futuro del boxeo en Colombia, se avergonzaba de sus ideas, y rellenaba carteleras con él. Pero eso cambió. Y de qué manera.

El éxito llegó a la vida de Kid Pambelé, y con él la fama y la fortuna. Sus fotografías llenaban las primaras planas de los diarios, las reinas y modelos lo besaban y abrazaban. El presidente Andrés Pastrana presumía de su buena amistad con Pambelé. García Márquez le cedía su puesto como el colombiano más importante, y en el periódico El Tiempo conservaban más archivos del campeón mundial de boxeo que de nuestro afamado Nobel de literatura. Pero como toda moneda, la fama también tenía su cara oscura: la droga y el alcohol llegaron para adueñarse del “coloso que le puso dinamita a su propia estatua”.

La vida de Pambelé dio un giro extraordinario, pero fue un giro indeseado, detestable incluso. Un giro que acabó con su carrera, con su familia, con su fama y su fortuna. Pero lo más importante: con su ser. La drogadicción se apoderó de nuestro héroe quién cambió los mejores vinos por la peor de las cervezas, las mujeres más lindas por las prostitutas más baratas, las primeras planas por las notas judiciales. E inició su recorrido hacia la ubicuidad: Pambelé estaba en todas partes y en ninguna. Hoy lo tienes a tu lado sin darte cuenta, mañana te enteras que está a kilómetros. Pambelé vivía y moría, destruyéndose a sí mismo, destruyendo a ese Bolivar que libertó a Colombia del fracaso. Porque bien lo dijo Juan Gossaín: “Antes de él éramos un país de perdedores. Nos consolábamos conjugando el verbo casitriunfar”. Pambelé le dio gloria a nuestro país, renombre y reconocimiento. Su triunfo como campeón mundial el 28 de octubre de 1972 le dio la vuelta al mundo. Su gloria lo elevó por los cielos, y fue un viaje sin regreso, pues Pambelé jamás se recuperó de dicha victoria.

Viajaba en el tiempo, vivía en el pasado. Rememoraba cada una de sus peleas como si las hubiera vivido hace unos minutos. Recuerda las pantalonetas de sus contrincantes, el color del ring, las palabras de la gente, el golpe por derecha, por izquierda, los nocaut. Ese paseo mental de la fama no le permitió volver nunca a la realidad. Pambelé se perdió en su pasado, se ahogó con el vino de las victorias, y se sumió en una resaca permanente. Constantemente buscaba peleas en las calles. Quería demostrarle a los otros y a si mismo que el campeón mundial seguía ahí, vivito y coleando, golpeando con sus puños como astas de helicóptero. La gente ya no lo vanagloriaba, por el contrario se reían de él. ¿En qué se parece Pambelé a los dinosaurios? En que fueron grandes pero ya no existen. Crueles burlas que confirman porque somos el país sin memoria. El país que ensalza a sus héroes para luego olvidarlos y tirarlos en la esquina. Para verlos en la calle y darles la espalda, o susurrar, o darle dinero para que se vaya de la Plaza de Toros y no contamine la función con su presencia.

“El abuelo a veces se porta bien y a veces no”
Carlina Orozco se sienta pensativa. Silenciosa, siempre con un dedo apuntando a sus labios. Desea mencionar lo mínimo posible sobre su esposo, padre de sus tres hijos y huracán que gracias  al licor y la droga destruyó su hogar por tanto tiempo. Porque así fue Pambelé, un huracán destructor que arrasó con todo a su paso, que quebró sillas y televisores, que lanzaba puños y bramidos. Que luego se calmaba, lloraba como un niño, y de paso le sacaba lágrimas a cada uno de los miembros de su familia. Esta pesadilla se vivió en el hogar de los Cervantes Orozco por muchos años, hasta que los niños ya no fueron niños, y se convirtieron en adultos fuertes capaces de atar a su padre a un árbol si la situación así lo merecía.

Pero no siempre fue así. Vuelven al ruedo las dos caras de la moneda. En sus cabales, Pambelé era todo un caballero. Un señor padre y esposo. Que acostaba a dormir a sus niños en la noche, y le daba buenos días a mamá Carlina. Que en sus mejores épocas ayudó a su pueblo, Palenque de San Basilio, y le instaló la electricidad que ningún político prometió jamás. Generoso y buena gente, sonriente el campeón. Pero esa imagen se desvanece, al verlo deambulando por las calles a veces sin zapatos, siempre sin vergüenza.

Bryan tiene ocho años y su cara sudada de jugar. Se acerca con timidez y lanza una frase que sorprende y que entristece, pues aún está pequeño para comprender la increíble ascensión y la estrepitosa caída de su abuelo, el invencible Kid Pambelé: “El abuelo a veces se porta bien y a veces mal. Cuando se porta bien nos regala Bon Bon Bum”. ¿Y cuándo se porta mal? ¿Cuánto tiempo más te vas a portar mal Antonio Cervantes?

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