(Este ejercicio está basado
en el perfil de Pambelé escrito por Alberto Salcedo Ramos y publicado en Soho.
Es un ejercicio de clase y de ninguna manera busca ignorar los créditos de su
autor.)
-Oye, Tabaquito, yo creo que
estos japoneses me están cambiando el tipo.
Fue la una de las frases más
ocurrentes de uno de los personajes más famosos del deporte colombiano, el
negro más grande, patrono del nocaut, el que enseñó a los colombianos a ganar,
el único, el invencibleeeeee Kid Pambeléeeeeeee.
Nacido en el 23 de diciembre
de 1945 en Palenque de San Basilio, y rodeado de pobreza, hambre y miseria,
Antonio Cervantes rodeaba las calles de su pueblo lustrando botas y vendiendo
cigarrillos de contrabando. En casa, su madre y sus 6 hermanos esperaban el
dinero para comprar alimentos. Pero una mañana de 1963, Pambelé decidió optar
por el único empleo decente para los negros pobres como él: el boxeo. Tocó la
puerta del empresario cartagenero Nelson Aquiles Arrieta, sin preámbulos se
presentó y solicitó una oportunidad como boxeador.
En sus inicios, Antonio
Cervantes no prometía demasiado. Si bien su larga figura, y su oscura piel
daban la impresión de ser el tiquete al éxito de Arrieta, su torpeza en el ring
y su falta de experiencia lo llevaban rumbo al fracaso. En sus inicios, nadie
daba un peso por “La Amenaza Negra”, apodo con el que Kid Pambelé se inició en
el boxeo. Quién lo veía pelear se aburría. Nadie recordaba su rostro o sus
peleas. Arrieta, quién vio en Cervantes el futuro del boxeo en Colombia, se
avergonzaba de sus ideas, y rellenaba carteleras con él. Pero eso cambió. Y de
qué manera.
El éxito llegó a la vida de
Kid Pambelé, y con él la fama y la fortuna. Sus fotografías llenaban las
primaras planas de los diarios, las reinas y modelos lo besaban y abrazaban. El
presidente Andrés Pastrana presumía de su buena amistad con Pambelé. García
Márquez le cedía su puesto como el colombiano más importante, y en el periódico
El Tiempo conservaban más archivos del campeón mundial de boxeo que de nuestro
afamado Nobel de literatura. Pero como toda moneda, la fama también tenía su
cara oscura: la droga y el alcohol llegaron para adueñarse del “coloso que le
puso dinamita a su propia estatua”.
La vida de Pambelé dio un
giro extraordinario, pero fue un giro indeseado, detestable incluso. Un giro
que acabó con su carrera, con su familia, con su fama y su fortuna. Pero lo más
importante: con su ser. La drogadicción se apoderó de nuestro héroe quién
cambió los mejores vinos por la peor de las cervezas, las mujeres más lindas
por las prostitutas más baratas, las primeras planas por las notas judiciales.
E inició su recorrido hacia la ubicuidad: Pambelé estaba en todas partes y en
ninguna. Hoy lo tienes a tu lado sin darte cuenta, mañana te enteras que está a
kilómetros. Pambelé vivía y moría, destruyéndose a sí mismo, destruyendo a ese
Bolivar que libertó a Colombia del fracaso. Porque bien lo dijo Juan Gossaín: “Antes
de él éramos un país de perdedores. Nos consolábamos conjugando el verbo casitriunfar”. Pambelé le dio gloria a
nuestro país, renombre y reconocimiento. Su triunfo como campeón mundial el 28
de octubre de 1972 le dio la vuelta al mundo. Su gloria lo elevó por los
cielos, y fue un viaje sin regreso, pues Pambelé jamás se recuperó de dicha
victoria.
Viajaba en el tiempo, vivía
en el pasado. Rememoraba cada una de sus peleas como si las hubiera vivido hace
unos minutos. Recuerda las pantalonetas de sus contrincantes, el color del
ring, las palabras de la gente, el golpe por derecha, por izquierda, los
nocaut. Ese paseo mental de la fama no le permitió volver nunca a la realidad.
Pambelé se perdió en su pasado, se ahogó con el vino de las victorias, y se
sumió en una resaca permanente. Constantemente buscaba peleas en las calles.
Quería demostrarle a los otros y a si mismo que el campeón mundial seguía ahí,
vivito y coleando, golpeando con sus puños como astas de helicóptero. La gente
ya no lo vanagloriaba, por el contrario se reían de él. ¿En qué se parece
Pambelé a los dinosaurios? En que fueron grandes pero ya no existen. Crueles
burlas que confirman porque somos el país sin memoria. El país que ensalza a
sus héroes para luego olvidarlos y tirarlos en la esquina. Para verlos en la
calle y darles la espalda, o susurrar, o darle dinero para que se vaya de la
Plaza de Toros y no contamine la función con su presencia.
“El
abuelo a veces se porta bien y a veces no”
Carlina Orozco se sienta
pensativa. Silenciosa, siempre con un dedo apuntando a sus labios. Desea
mencionar lo mínimo posible sobre su esposo, padre de sus tres hijos y huracán
que gracias al licor y la droga destruyó
su hogar por tanto tiempo. Porque así fue Pambelé, un huracán destructor que
arrasó con todo a su paso, que quebró sillas y televisores, que lanzaba puños y
bramidos. Que luego se calmaba, lloraba como un niño, y de paso le sacaba
lágrimas a cada uno de los miembros de su familia. Esta pesadilla se vivió en
el hogar de los Cervantes Orozco por muchos años, hasta que los niños ya no
fueron niños, y se convirtieron en adultos fuertes capaces de atar a su padre a
un árbol si la situación así lo merecía.
Pero no siempre fue así.
Vuelven al ruedo las dos caras de la moneda. En sus cabales, Pambelé era todo
un caballero. Un señor padre y esposo. Que acostaba a dormir a sus niños en la
noche, y le daba buenos días a mamá Carlina. Que en sus mejores épocas ayudó a
su pueblo, Palenque de San Basilio, y le instaló la electricidad que ningún
político prometió jamás. Generoso y buena gente, sonriente el campeón. Pero esa
imagen se desvanece, al verlo deambulando por las calles a veces sin zapatos,
siempre sin vergüenza.
Bryan tiene ocho años y su
cara sudada de jugar. Se acerca con timidez y lanza una frase que sorprende y
que entristece, pues aún está pequeño para comprender la increíble ascensión y
la estrepitosa caída de su abuelo, el invencible Kid Pambelé: “El abuelo a
veces se porta bien y a veces mal. Cuando se porta bien nos regala Bon Bon
Bum”. ¿Y cuándo se porta mal? ¿Cuánto tiempo más te vas a portar mal Antonio
Cervantes?
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