Tiene el cabello tan negro
que dudo de sus futuras canas. Y los ojos siempre van tristes, tal vez extraña
eso que nunca tuvo. Le gusta el invierno y ver películas, pero su mayor pasión
es pintar. Paredes, muros, hojas de papel. Cuerpos y almas. Porque eso hace
Martín, pintar almas y despintar la suya.
La ciudad de Buenos Aires lo
vio nacer hace 24 años, tiene una hermana pequeña que le da grandes problemas.
A diferencia de él, tiene el cabello lleno de rulos y color naranja. También
tiene pecas, lo que le da un aspecto muy simpático. Es por eso que Martín la
protege tanto. ¿Y esa no es acaso, la tarea del hermano mayor? Bárbara puede
estar tranquila, nada le va a pasar.
Hace mucho tiempo descubrió
su pasión, el eje de toda su vida: el arte. En el colegio, llenaba las hojas de
sus cuadernos y los de sus compañeros de dibujos y bocetos: tribales y
calaveras, rayas en todos los sentidos. Rostros, muy bellos pero que nunca
sonreían. Sin embargo él siempre llevaba buen carácter. Cuando llegaba el
recreo, sacaba de esa mochila azul oscura que siempre traía consigo un sanduche
de jamón y queso. Con mucha, muchísima salsa de tomate. “No respeto a aquellos
que no les gusta la salsa de tomate”, repetía.
Siempre fue un chico
popular, pero amable. No como los rubios de las películas americanas que juegan
rugby y sólo se rodean de porristas y más jugadores. No. Martín era distinto,
rompía el molde. Era delgado y no muy alto, y jugaba fútbol. Pero en su colegio
no había grupo de porristas, y le daba igual hablar con cualquier compañero de
su salón de clase. Tenía un grupo de amigos muy particular. Todos tan
distintos… Su mejor amiga, Susana, tenía un lindo rostro y soñaba con ser
médica. Lloraba fácilmente y era buena en matemáticas. Siempre se reunían a
hacer las tareas, pero era más el tiempo que perdían. Ponían música y se
quedaban en silencio. O prendían la televisión y miraban cualquier show de la
tarde. O se miraban entre ellos… Y entonces nació esa tensión que siempre surge
cuando la línea entre la amistad y el amor se cruza.
Martín, confundido,
desahogaba sus sentimientos en el papel. Pincel en mano, comenzaba esos trazos
sin fin, de muchos colores si estaba de buen humor. O de negros y grises, si la
situación lo ameritaba. Pero no era suficiente, el papel no lo llenaba.
Necesitaba algo más, necesitaba movimiento. El papel se desintegra con el
tiempo, la piel no. Y un día cualquiera llamó a Susana y juntos fueron a
comprar una máquina tatuadora. Sí, eso era. Martín el tatuador. Su lienzo era
la piel de sus amigos, los lápices de color se convirtieron en tintas. Su
cuarto de dibujo se convirtió en un local. Y así empezó su carrera.
Si miran de cerca sus muslos
y piernas, verán feas flores y caricaturas tatuadas. Porque así comenzó,
tatuándose a sí mismo. Esos errores de principiante lo debían acompañar solo a
él. Luego siguió con sus amigos. Luego los clientes. El negocio se expandía.
Pero había alguien que no guardaba en su piel una obra de Martín. Y esa era
Susana
“Yo no me hago tatuajes, eso
duele mucho” repetía Susana. Pero Martín le prometía que no iba a doler. Que le
iba a diseñar la más bonita de las flores y que ese iba a ser el regalo de él
para ella siempre. Que cada vez que la observara, sería como si el viento la
acariciara. Que cada vez que se acercara a ella, iba a percibir su olor. Y
entonces Susana se decidió.
Hay algo particular con el
tatuaje de Susana, tal vez el amor en silencio de Martín hacia ella fue el que
dotó de magia tal tatuaje. Y más que un tatuaje, fue una bella ilustración. Esa
tarde, Martín trabajó como nunca. Escucharon juntos las canciones de siempre.
Esperaron horas y horas hasta que por fin Martín terminó. Y sus palabras se
hicieron realidad: el tatuaje tenía vida propia. La hermosa flor de loto que
ahora Susana llevaba en su cuerpo despedía un rico aroma, cada vez que la
miraba se movía, como los girasoles frente a la luz del sol. Martín dejó de ser
entonces un simple tatuador: ahora era aquél que dotaba de vida sus
ilustraciones.
Su fama se expandió por todo
Bueno Aires, y es ahora uno de los tatuadores más famosos de Argentina. Cada
vez que alguien luce un tatuaje en movimiento, un pez nadando, una mariposa
volando a través de una espalda, se sabe de inmediato que es una obra de
Martín. Ya hace 6 años que creó su primera y más querida obra: la flor de loto
de Susana. Y ella, ¿dónde se encuentra? Se fue del país a estudiar a otra
parte. Pero cada día, sale de la ducha y se mira al espejo. Esa flor le sonríe,
y con ella Martín.

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