miércoles, 20 de mayo de 2015

Flor de Loto

Tiene el cabello tan negro que dudo de sus futuras canas. Y los ojos siempre van tristes, tal vez extraña eso que nunca tuvo. Le gusta el invierno y ver películas, pero su mayor pasión es pintar. Paredes, muros, hojas de papel. Cuerpos y almas. Porque eso hace Martín, pintar almas y despintar la suya.
La ciudad de Buenos Aires lo vio nacer hace 24 años, tiene una hermana pequeña que le da grandes problemas. A diferencia de él, tiene el cabello lleno de rulos y color naranja. También tiene pecas, lo que le da un aspecto muy simpático. Es por eso que Martín la protege tanto. ¿Y esa no es acaso, la tarea del hermano mayor? Bárbara puede estar tranquila, nada le va a pasar.

Hace mucho tiempo descubrió su pasión, el eje de toda su vida: el arte. En el colegio, llenaba las hojas de sus cuadernos y los de sus compañeros de dibujos y bocetos: tribales y calaveras, rayas en todos los sentidos. Rostros, muy bellos pero que nunca sonreían. Sin embargo él siempre llevaba buen carácter. Cuando llegaba el recreo, sacaba de esa mochila azul oscura que siempre traía consigo un sanduche de jamón y queso. Con mucha, muchísima salsa de tomate. “No respeto a aquellos que no les gusta la salsa de tomate”, repetía.

Siempre fue un chico popular, pero amable. No como los rubios de las películas americanas que juegan rugby y sólo se rodean de porristas y más jugadores. No. Martín era distinto, rompía el molde. Era delgado y no muy alto, y jugaba fútbol. Pero en su colegio no había grupo de porristas, y le daba igual hablar con cualquier compañero de su salón de clase. Tenía un grupo de amigos muy particular. Todos tan distintos… Su mejor amiga, Susana, tenía un lindo rostro y soñaba con ser médica. Lloraba fácilmente y era buena en matemáticas. Siempre se reunían a hacer las tareas, pero era más el tiempo que perdían. Ponían música y se quedaban en silencio. O prendían la televisión y miraban cualquier show de la tarde. O se miraban entre ellos… Y entonces nació esa tensión que siempre surge cuando la línea entre la amistad y el amor se cruza.

Martín, confundido, desahogaba sus sentimientos en el papel. Pincel en mano, comenzaba esos trazos sin fin, de muchos colores si estaba de buen humor. O de negros y grises, si la situación lo ameritaba. Pero no era suficiente, el papel no lo llenaba. Necesitaba algo más, necesitaba movimiento. El papel se desintegra con el tiempo, la piel no. Y un día cualquiera llamó a Susana y juntos fueron a comprar una máquina tatuadora. Sí, eso era. Martín el tatuador. Su lienzo era la piel de sus amigos, los lápices de color se convirtieron en tintas. Su cuarto de dibujo se convirtió en un local. Y así empezó su carrera.

Si miran de cerca sus muslos y piernas, verán feas flores y caricaturas tatuadas. Porque así comenzó, tatuándose a sí mismo. Esos errores de principiante lo debían acompañar solo a él. Luego siguió con sus amigos. Luego los clientes. El negocio se expandía. Pero había alguien que no guardaba en su piel una obra de Martín. Y esa era Susana
“Yo no me hago tatuajes, eso duele mucho” repetía Susana. Pero Martín le prometía que no iba a doler. Que le iba a diseñar la más bonita de las flores y que ese iba a ser el regalo de él para ella siempre. Que cada vez que la observara, sería como si el viento la acariciara. Que cada vez que se acercara a ella, iba a percibir su olor. Y entonces Susana se decidió.

Hay algo particular con el tatuaje de Susana, tal vez el amor en silencio de Martín hacia ella fue el que dotó de magia tal tatuaje. Y más que un tatuaje, fue una bella ilustración. Esa tarde, Martín trabajó como nunca. Escucharon juntos las canciones de siempre. Esperaron horas y horas hasta que por fin Martín terminó. Y sus palabras se hicieron realidad: el tatuaje tenía vida propia. La hermosa flor de loto que ahora Susana llevaba en su cuerpo despedía un rico aroma, cada vez que la miraba se movía, como los girasoles frente a la luz del sol. Martín dejó de ser entonces un simple tatuador: ahora era aquél que dotaba de vida sus ilustraciones.


Su fama se expandió por todo Bueno Aires, y es ahora uno de los tatuadores más famosos de Argentina. Cada vez que alguien luce un tatuaje en movimiento, un pez nadando, una mariposa volando a través de una espalda, se sabe de inmediato que es una obra de Martín. Ya hace 6 años que creó su primera y más querida obra: la flor de loto de Susana. Y ella, ¿dónde se encuentra? Se fue del país a estudiar a otra parte. Pero cada día, sale de la ducha y se mira al espejo. Esa flor le sonríe, y con ella Martín.

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